Soy Elisa, y este fue mi despertar al placer entre mujeres
Conocí a Elena durante mi retiro de cumpleaños, un sábado en el que decidí que la soledad de mi habitación no era el mejor regalo. Buscando un poco de ruido, terminé en un pequeño bar de la misma calle donde me hospedaba. Yo ocupaba una mesa con cuatro sillas, mientras ellos, Elena y un amigo, permanecían de pie junto a una periquera incómoda.
Noté sus miradas constantes. En lugar de sentirme invadida, sentí esa curiosidad que precede a los encuentros inesperados. Pensé que buscaban donde sentarse y, casi sin pensarlo, les ofrecí mis sillas libres. No tardaron ni un segundo en aceptar.
Entre tragos y una charla que fluía con una naturalidad extraña, sentí que Elena me estudiaba. Sus preguntas eran directas, cargadas de un coqueteo que yo, quizá por la inercia de no vivir allí, intentaba ignorar. Pero su mirada era penetrante; parecía desnudar mis intenciones antes de que yo misma las conociera.
La noche terminó con su amigo en un estado lamentable. A pesar de la cercanía de mi alojamiento, ella insistió en acompañarme. Caminamos los tres, cuidando los pasos erráticos del chico, hasta la puerta de mi estancia. Mientras esperábamos el Uber, el aire se volvió denso, cargado de un erotismo muuuuy húmedo.
—Ya viene por él —dijo ella, sin dejar de mirarme.
—Tú también te tienes que ir… —murmuré, más por cortesía que por deseo.
—Quizá no —respondió con una seguridad que me dejó sin aliento.
Mandamos al amigo borracho en el auto y, de pronto, el mundo se redujo a nosotras dos.
Al entrar, nos sentamos en la cama. El silencio era absoluto, roto solo por los latidos de mi corazón que parecía latir con una intensidad que me encendía. Me sentía inexperta, como si no supiera qué hacer en mi propio territorio.
—Nunca me había ido con alguien que acababa de conocer —confesó ella, rompiendo el hielo.
—¿Te quieres ir? —pregunté, sintiendo esa vulnerabilidad tan propia de mis momentos de duda.
No respondió con palabras. Me tomó de la cara con una delicadeza abrumadora y comenzó a besarme. Sus labios eran suaves y firmes, y en ese instante, mis prejuicios y la timidez se desvanecieron.
Lo que siguió fue un descubrimiento increíble. Me dejé llevar por sus manos explorando mi piel, sintiendo el contraste de su suavidad contra la urgencia de mi deseo. Recorrí su cuerpo con un hambre nueva, deteniéndome en cada curva, saboreando su humedad mientras nuestros gemidos se convertían en la única música de la habitación. Fue una noche para romper los límites, donde cada caricia se sentía como un regalo de cumpleaños que no sabía que necesitaba.
En el momento en que me tomo de la cara, me recosté por instinto mientras me besaba y se colocó sobre mí. Sentir el peso de su cuerpo fue el disparador que mi piel necesitaba. Sus manos, expertas y decididas, comenzaron a desabotonar mi blusa mientras sus labios descendían por mi cuello, dejando un rastro de humedad que me hacía arquear la espalda y abrir mis piernas.
—Estás temblando —susurró contra mi oreja, y su aliento cálido me provocó un escalofrío que terminó instalándose en mi entrepierna.
Cuando finalmente quedamos desnudas, la luz tenue de la habitación resaltaba el contraste de nuestras pieles. Me perdí observando la curva de sus caderas y la firmeza de sus pechos, que rozaban los míos con cada respiración agitada. Con una audacia que no sabía que poseía, deslicé mi mano hacia su sexo, encontrando una humedad tan abundante que me sorprendió. Al rozar su clítoris, Elena soltó un gemido profundo, de esos que retumban en las paredes y te confirman que el placer es mutuo.
Ella separó mis piernas con delicadeza pero con firmeza, arrodillándose entre ellas. Me quedé sin aliento cuando sentí su lengua explorando mi vulva con un hambre voraz. Cada lamida era una descarga eléctrica; me apretaba contra las sábanas, sintiendo cómo el deseo se acumulaba en un punto ciego hasta que el primer espasmo me hizo gritar su nombre. Un chorro cálido de mi propio éxtasis bañó sus labios, y ella, lejos de detenerse, me miró con una sonrisa cargada de lujuria antes de volver a saborearme.
En ese momento ya no era solo una desconocida de un bar; era el vehículo de un descubrimiento que cambió mi percepción de mi placer. Nos entregamos a un vaivén de caricias y fluidos, ignorando que el amanecer estaba a la vuelta de la esquina.
A las 9 de la mañana, entre sueños, solo alcancé a decir un «bye» mientras ella se marchaba. Pero la historia no terminó ahí. El deseo ya se había instalado entre las paredes. Esa misma tarde volvió, y la siguiente también. Nos encerramos en un paréntesis de placer absoluto, ignorando el reloj hasta que el vuelo de regreso me obligó a despertar de aquel sueño húmedo que empezó con una silla vacía.

Soy sexólogo y psicoterapeuta de parejas. Escribo para despertar emociones, cuestionar ideas y conectar con las dimensiones más íntimas de la experiencia humana.
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